Un portal con una mirada distinta

Venid pastores, no temáis, algo distinto es lo que se anuncia… y ya no más los reportes de horror con que nos bombardean los noticiarios de la tele.

Algo asoma por encima de la cordillera. Algo más que el cierzo mordiendo incautos a medianoche, un halo, un murmullo extraño que antes no se escuchaba. ¿Será cosa de la sobrecarga de mensajes chateados a la hora de la nostalgia navideña? ¿El rebumbún de otra detención para amenizar las soledades de doña Rosario Robles y Javier Duarte? Qué cosa, qué cosa, ¿o habrá fallado nuevamente la alarma sísmica?
    Venid pastores, no temáis, algo distinto es lo que se anuncia… y ya no más los reportes de horror con que nos bombardean los noticiarios de la tele. Asomad, mirad sin recelo hacia Oriente donde todo lo bueno llega bendecido por el centelleo crepuscular. Todo apunta hacia aquel pesebre donde un dulce resplandor baña la noche que apenas inicia. Venid, traed vuestra credencial del IFE (o del INE, para no desentonar con los tiempos), alegraos porque es cierto el anuncio que se ha hecho en estos días de buenaventura… el minisalario será de 123 pesos y alcanzará para lo imprescindible, está en la máxima ley, así que traed encima vuestro entusiasmo porque esta noche -todo parece indicarlo- será única e irrepetible.
    El que primero asoma es el camello a contraluz. En realidad se trata de un dromedario (porque sólo tiene una giba) y por eso ha resbalado el mago que lo montaba, con todo el oro que llevaba entre manos, y no lo quiere alcanzar porque este Melchor, de apellido Romero Deschamps, ya no quiere saber de melcocha, oleoductos ni huachicoles. Alguien le dio un coscorrón, estate en paz, consuélate con mantener tu curul, y lega las 36 secciones del sindicato a Manuel Limón al fin que ya no sabemos si seguirá siendo tricolor o lo que caiga.
    El segundo en asomar es el Gober Dos-Cinco, montando un rucio muy trotón, con la mirra que se le va de las manos (asunto de las ambiciones desmedidas) porque en el tribunal supremo, donde los magistrados no alzan la ceja de gratis, dirán si dos años caben en cinco, o al revés, porque a los diputados locales se les hizo fácil resolver que la aritmética es cosa del conservadurismo improcedente. Así que Gaspar Jaime (Bonilla) no suelta la rienda del trotón, mula o macho de arria serrana, porque tiene prisa de entregar esa arca en 24… o en 60 meses. ¿No es de magos eso de trucar el tiempo, de modo que hoy es mañana, y mañana nunca llega a menos que el voto popular indique lo contrario, y luego, ejem, ya veremos?
    Despacio, atrasado va el elefante que vino del sur con el mago más mago desapareciendo lo que estuvo y luego se esfumó ante los ojos del respetable… “¡Oh, ardides aprendidos en palacios de su larga carrera diplomática!”. Este mago Baltasar (R.) Valero, bamboleándose en el paquidermo, llega muy orondo cargado de libros… ¡perdón!, de incienso, toda vez que al prenderlo iniciará el ritual del sahumerio, con lo que será muy probable que las cámaras de seguridad no registren las pillerías de los clientes más traviesillos. Que no es culpa suya, que es cosa de un problema cerebral de antaño… lo disculparán. Vale, aunque el incidente en la Librería del Ateneo bonoaerense quedará como secuencia de los tres chiflados cuando nadie vio y nadie supo… más que el ángel en lo alto del pesebre haciéndose de la vista gorda para amparar la entrega, por fin, del tercer óbolo.
    Ya están reunidos los santos emisarios de Oriente, ya se ocultan los diablillos que tanta guerra han dado –ese parco Evo Morales, ese impávido Genaro García– y por fin llega la hora de concelebrar el ritual de salutación. La entrega de los obsequios tan simbólicos, la bendición de la hora, la adoración del nuevo Mesías que ha llegado en este año de cabalístico guarismo cuando… “–¡Mirad!”, grita el ángel que guarda el pesebre.
    Todos alzan la vista, alarmados, pues aquella no es la estrella de Belem; no precisamente. Ese fulgor resplandeciente, ¡demonios!, el que ha disparado un dron MQ-9 del ejército de míster Trump. El grito de lo pastores, extraño para el momento, es uno y sólo uno: “¡Muerte a América!”. La Epifanía, entonces, concluye de la peor manera.

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